La ciudad ya tenía nombre, una iglesia, una escuela y la comisaría. No pasó mucho tiempo hasta que se asentaron los primeros puesteros de lo que hoy es su atracción más pintoresca. A simple vista, la feria de Solano es caos. Aunque parece la hija de La Salada, en sus 50 años de historia adquirió una identidad propia.
Un gran camping
Los miércoles y los sábados, entre las 8 y las 15, se abre un abanico de sensaciones. La feria es una fiesta para los sentidos: los colores, las texturas y los aromas dan la bienvenida. La calle Donato Álvarez es el eje principal. Formalmente, la feria comienza en la calle 844 y termina en Avenida San Martín. Son quince cuadras en las que se concentran los puestos más tradicionales, donde se venden frutas, carne, e indumentaria. Parece una feria más. “Pase y revuelva” y “Elija sin compromiso”, son los hits.
En realidad, el espectáculo es más complejo: esta no es cualquier feria. Los límites (y no sólo los geográficos) no son tan precisos. Más allá de San Martín, se descubre otra zona: la de los manteros. Allí, están los vendedores fugaces: la biblia y el calefón, juntos, ante la mirada de un comprador también fugaz que aprovecha la ocasión. Es lo más parecido a un cambalache: se consiguen autopartes, celulares, juguetes viejos, electrodomésticos y reliquias de la abuela. Los productos son usados y, según atestiguan muchos vecinos, su procedencia es dudosa.
La marca de la gorra
Una de las diferencias entre las dos zonas es el método de asignación de los espacios. En la parte formal, el permiso es otorgado por la municipalidad de Quilmes, por lo que dominan los trabajos fijos. “Si querés poner un puesto ahora, tenés que anotarte en una lista de espera porque ya está todo ocupado. Igualmente, es muy difícil que te lo den”, asegura un vendedor de plantas y sahumerios sobre la demanda de habilitaciones.
Más allá de avenida San Martín, opera otra lógica. “Acá te cobra todo el mundo: el dueño de calle, el policía, todos”, comenta Virginia, mientras vigila los adornos para el jardín que dispuso sobre su manta. El encargado de la cuadra es el primer hombre en pedir su parte. Se acerca a primera hora, reclama el dinero y se va, sin dejar ningún comprobante. Luego, si el puestero tiene mala suerte, algún policía puede hacer lo suyo. “El precio (de la coima) varía. En el caso de la venta de celulares, se puede llegar a sacar 100 pesos por puesto y los que venden autopartes o electrodomésticos te pueden dejar hasta 500 pesos”, confiesa un oficial acostumbrado a patrullar estas cuadras.
Los sábados, días de mayor concurrencia, los remolones pueden quedarse sin lugar y aquellos que lo consiguen se ven desbordados por las personas que se acercan. Los compradores que no capturan la atención del puestero, pueden probar suerte en el centro comercial de Solano, ubicado en la calle 844, a metros de Donato Álvarez.
Antes, la feria era un complemento del centro, pero la relación se invirtió. Ante la competencia, los comerciantes ofrecen un diferencial: calidad. “Por supuesto que nos afecta que esté la feria porque los precios son inferiores, y es muy difícil competir, pero la calidad también es inferior. Creo que las prendas que tenemos nosotros son mejores que las que pueden encontrarse allá”, argumenta Omar Diez, dueño de La Botica Loca. La distinción es meramente simbólica: la calidad de la ropa que se vende en los negocios de la avenida no dista de la que se encuentra en la feria. La explicación es sencilla: una de las fuentes son los mismos talleres que fabrican la indumentaria que luego será vendida en las tiendas más tradicionales.
No obstante, Diez defiende su posición y no considera la posibilidad de mudarse a la feria. “Si tuviese que vender el tipo de ropa con la que trabajo, tendría que bajar mucho mis precios, perdería mucha plata”, explica el comerciante de ropa unisex. La opinión de los compradores es distinta. “En la feria, podés conseguir buena calidad a bajo costo, solamente hay que saber dónde comprar”, asegura Claudia, habitué de uno de los puestos de verduras de la entrada de la feria.
No soy de aquí ni soy de allá
San Francisco Solano es la Estambul del Conurbano: abarca tierras de Quilmes y de Almirante Brown. La feria, de origen quilmeño, se encuentra en el límite entre ambos partidos, lo que ocasionó algunos inconvenientes en los últimos años. Es que, en 2008, los puesteros pasaron la frontera, por ambición propia y por los empujones del director de ferias de Quilmes, Fabián Macedo. La respuesta del Municipio de Almirante Brown no se hizo esperar: frenó la invasión y replegó al enemigo. Al mismo tiempo, el secretario de Gobierno, Franco Caviglia, fue contundente: “Que quede en claro que la denominada feria de Solano, y los eventuales problemas que en ella se produzcan, son responsabilidad exclusiva del municipio de Quilmes. Almirante Brown es ajeno a esta situación”.
Los “eventuales problemas” son el descontento de los vecinos y los hurtos, que ocurren, sobre todo, los sábados. “Cuando hay más gente puede haber algún que otro robo. La ocasión hace al ladrón”, dice Diez, apoyado en el refranero popular.
La relación con la Policía es contradictoria. La autoridad se ubica como un curioso mediador: debe vigilar los mismos puestos a los que les pide dinero. Encima, en el pedido de coimas entra otra variable: aquellos puestos con artículos de marcas reconocidas (o con falsificaciones) deben pagar más (“cobrar marca”, como se lo conoce en la jerga policial).
La coyuntura explica que Nike y Adidas sean las marcas más vendidas en Solano. Por el cupo impuesto a las importaciones de Brasil, se restringió el ingreso de electrodomésticos y, sobre todo, de indumentaria y zapatillas. Ferias como la de Solano responden a esta necesidad latente de vestir como los deportistas profesionales. Algunos productos son falsificaciones, pero en otros casos el contrabando sirve para esquivar las demoras en la Aduana y para ubicar los artículos en los generosos mostradores de las grandes ferias.
Hay que entrenar el ojo para evitar engaños. Algunas imitaciones son de baja calidad y la trampa queda al descubierto. Sin embargo, hay métodos más sofisticados. Una práctica conocida en la venta de electrodomésticos es entregar la carcasa del televisor, pero sin sus mecanismos internos, sino relleno con piedras para simular el peso del artefacto.
La feria depara otras sorpresas, como le ocurrió a Aldo, profesor de un colegio de Quilmes: “Un sábado a la mañana revisaba un puesto de libros y de repente me encontré con uno que me era familiar. Lo abrí y descubrí mi sello en la primera página. Era uno de los libros que se habían llevado cuando entraron a robar a mi casa”. A María, otra vecina, le sucedió algo similar. Una tarde, ató la bicicleta a un poste de luz y entró al supermercado. Al salir, la bicicleta ya no estaba más. “Por lo que se comenta, fui directamente a buscarla a la feria. La encontré, pero no reclamé”, explica, con bronca y resignación.
Una feria no tan improvisada
Es fuente de problemas, pero también intenta brindar soluciones. Al fin de cuentas, la feria de Solano no es puro desorden. Los sociólogos Eduardo Chávez Molina y María Laura Raffo investigaron el caso en 2003 (“Ferias y feriantes en el Conurbano bonaerense. Lógicas de reproducción y trayectorias laborales de trabajadores feriantes”). Según el informe, desde su nacimiento, la feria responde a una necesidad concreta: “En estos espacios sociales, los sujetos transitan y ponen en práctica estrategias alternativas de inserción económica, dando lugar a la construcción de trayectorias socio-laborales ‘dinámicas’, que constituyen reales o potenciales atajos contra la ‘exclusión’”. El objetivo es no pasar los límites de la marginalidad, y allí nacen las diferenciaciones entre feriantes formales e informales. Los vendedores formales, con habilitación o con deseo de tenerla, se organizaron en un sindicato, aunque hoy sólo queda una pequeña comisión. “Todos los martes nos reunimos en una mutual para defender nuestro trabajo y para que nos den los permisos”, explica José, vendedor de ropa. En 2007, el intendente de Quilmes, Francisco Gutiérrez, redobló la apuesta: todos los feriantes del municipio iban a estar en blanco y aportarían para la jubilación. La promesa no se cumplió. Los puesteros esperan y, mientras tanto, cuidan el rincón donde ofrecen sus variados productos. Quizás, San Francisco Solano, el patrono folclorista, encuentre, ahí tirado, un nuevo violín.